martes, 10 de enero de 2017

La literatura en una sociedad líquida con síndrome de impaciencia

"Con nuestro culto a la satisfacción inmediata, muchos de nosotros hemos perdido la capacidad de esperar", Zygmunt Bauman.

Ayer falleció Zygmunt Bauman, sociólogo y filósofo polaco que tuve la suerte de conocer y leer durante mi época universitaria. El impacto de las nuevas tecnologías y la sociedad de la instantaneidad han provocado grandes cambios en el mundo educativo y cultural, y él supo dar cuenta de esos cambios. Nos encontramos en una sociedad moderna que está en continuo movimiento donde cada día surgen nuevas modas y objetos que sustituyen a otros. Vivimos, pues, una época caracterizada por el cambio vertiginoso y la brevedad donde «el consumismo no se define por la acumulación de cosas, sino por el breve goce de esas cosas» (Bauman, 2008, p.29). Para definir este periodo contemporáneo Bauman acuñó la expresión de sociedad líquida.

Los líquidos, al contrario que los cuerpos sólidos, poseen la característica de cambiar su forma con gran facilidad y rapidez. Según Bauman, nuestra sociedad no es sólida porque se encuentra en continuo estado de permutación. Como el líquido cuando se cambia de recipiente, la sociedad y su cultura no tienen una forma fija, sino que están en un ciclo de adaptación permanente. Ejemplo de ello es cualquier circunstancia que en un momento pasado fuese motivo de escándalo y ahora es lo más normal del mundo. Por otra parte, así es como hemos ido haciéndonos inmunes a la miseria (presten también especial atención a la miseria cultural), incorporando a nuestra concepción de la normalidad situaciones, cuando menos, perturbadoras: ver a alguien durmiendo en la calle mientras paseamos, escuchar las desgracias del telediario mientras comemos o ver Gran Hermano (o cualquier otro programa del estilo, como aquel en el que dos personas se conocen yendo desnudas y tienen conversaciones de lo más absurdas). La sociedad se ha adaptado a ese paisaje y ya es normal. Como decía Camus con gran razón, adquirimos la costumbre de vivir antes que la de pensar.


Ahora bien, ¿cómo afecta esta sociedad moderna de la brevedad a la educación de nuestros ciudadanos y, sobre todo, a la educación literaria? Aquí conviene hablar de lo que Bauman ha denominado como síndrome de la impaciencia.

«En nuestros días, toda demora, dilación o espera se ha transformado en un estigma de inferioridad. El drama de la jerarquía del poder se representa diariamente (con un cuerpo de secretarias cumpliendo el papel de directores de escena) en innumerables salas de espera en donde se pide a algunas personas (inferiores) que «tomen asiento» y continúen esperando hasta que otras (superiores) estén libres «para recibirlo a usted ahora». El emblema de privilegio (tal vez uno de los más poderosos factores de estratificación) es el acceso a los atajos, a los medios que permiten alcanzar la gratificación instantáneamente. La posición de cada uno en la escala jerárquica se mide por la capacidad (o la ineptitud) para reducir o hacer desaparecer por completo el espacio de tiempo que separa el deseo de su satisfacción. El ascenso en la jerarquía social se mide por la creciente habilidad para obtener lo que uno quiere (sea lo que fuere eso que uno quiere) ahora, sin demora» (Bauman, 2008, p.22).

Al hallarnos en una sociedad regida por la capacidad o incapacidad de conseguir el beneficio propio con la mayor premura, la literatura es desestimada por no procurar el fruto de la rentabilidad de manera instantánea. La lectura no es una multiplicación cuyo producto podemos obtener ipso facto, sino que es una actividad que requiere de tiempo y esfuerzo para recibir sus beneficios: imaginación, creatividad, riqueza lingüística, agilidad mental, valores humanos, bagaje cultural, etc.* Características fundamentales para el desarrollo íntegro de la persona y que, por cierto, no solo son importantes para desenvolverse en las relaciones humanas, sino que también son virtudes de gran utilidad en cualquier empleo en esta sociedad de la publicidad y el marketing. Pero por fortuna o por desgracia, la literatura no es un televisor que nos procure de forma inmediata una satisfacción auditiva y visual, todo lo contrario, la lectura exige de un ejercicio mental en el tiempo que dé voces a esas letras que leemos y diseñe en nuestra mente esas imágenes de los personajes y paisajes que describe. En otras palabras, requiere que estemos despiertos, activos, atentos, participativos y, sobre todo, que seamos pacientes.

Antiguamente enviabas una carta y a esperar. Hace no tanto mandabas un SMS y a esperar. Ahora envías un WhatsApp y, si se atreve, que "te deje en leído".


*(No me he extendido demasiado con la importancia de la literatura porque es un tema que ya traté en otra entrada. Puede que te resulte interesante: http://lapizarradelengua.blogspot.com.es/2014/10/la-utilidad-de-la-ficcion.html)


Bibliografía citada 
Bauman, Z. (2008). Los retos de la educación en la modernidad líquida. Barcelona: Gedisa.